Amarillo era el infinito

Fecha: 20 y 21 de Enero de 2018

 

Empieza el nuevo año 2018, y desde que llegué a Ecuador, muchas personas me habían hablado de uno de los atractivos menos conocidos del país; los guayacanes en flor. Os preguntaréis qué es un guayacán, igual que me lo preguntaba yo. Se trata de un árbol característico del bosque seco cuya madera ha sido tradicionalmente utilizada para la elaboración de muebles muy resistentes. En Ecuador, hay una gran cantidad de estos árboles en la frontera Ecuador-Perú, conformando una reserva de la biosfera de aproximadamente 500.000 hectáreas denominada “Reserva de la Biosfera Bosque Seco”. Lo característico de este bosque, es que, cuando aparentemente más seco está y cuando se encuentra sin hojas, al recibir las primeras lluvias de enero, florece de manera sincronizada. El florecimiento, de color amarillo intenso, dura apenas unos 8 días y después todas sus flores caen al suelo para no volver a aparecer hasta el año siguiente.

 

Como podréis imaginar, organizarse desde Quito para ver este espectáculo en el poco tiempo que dura, es una tarea compleja. Sin embargo, este año estuvimos preparados y atentos para poder ir. Después de barajar diferentes opciones, dedujimos que lo más económico y sencillo logísticamente era una excursión en autobús organizada. Y aunque lo de “organizada” no se cumplió el todo, pudimos llegar hasta nuestro destino y disfrutar de este maravilloso espectáculo de la naturaleza. 

 

 

Os presento a Mario y Dominique (a Vero ya la conocéis)

 

Salimos la noche de un viernes para viajar toda la noche hasta llegar primero al pueblo de El Pindal, donde desayunamos y estiramos un poco las piernas. Cuando nos dirigimos hasta Mangahurco, uno de los pueblos base para contemplar el florecimiento, el autobús se quedó parado y no avanzaba. Una larga fila de carros y millones de personas bloqueaban el paso hasta el pueblo. Allí nos bajamos y ya pudimos apreciar el paisaje teñido de amarillo hasta el infinito. Sin embargo, la falta de regulación por ministerio de turismo y autoridades locales, convierte el espectáculo en un verdadero caos. Imaginen un pueblo en el que viven normalmente unas 100 personas, con, de repente, 5000 turistas queriendo comer, dormir y usar los baños. Además, estos turistas, en pleno bosque seco, se subían a las ramas, las arrancaban y recolectaban flores dentro de sus camionetas y se las llevaban. En definitiva, un espectáculo dantesco rodeado de la más bella imagen que la naturaleza puede mostrarte. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dominguerismo de alto nivel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Conseguimos comer en Mangahurco, donde la pobre gente no daba a basto para atendernos, y desde allí nos fuimos a un balneario natural llamado “Baño del Inca”. Se trata de unas pequeñas pozas naturales entre las rocas erosionadas. Bastante bonitas pero, lamentablemente, también masificadas. Estuvimos un ratito y viajamos hasta Cazaderos, donde pasaríamos la noche acogidos por las amables familias de la zona. 

 

 

 

 

 

Cazaderos no estaba tan concurrido porque en esta zona aún no había llovido y los guayacanes aún no estaban en flor. Las casitas humildes de la gente y la tranquilidad de este pueblo será inolvidable para nosotros, se trata de uno de los lugares más remotos del país y solamente recordados en esta época del año. Allí compramos la miel de abeja más rica que he probado en mi vida y vimos miles de sapos salir de la nada en mitad de la noche. Este pueblo de frontera nos dejó boquiabiertos y con ganas de regresar cuando haya menos gente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Algunos pobladores nos acompañaron por la mañana a pasear a lo largo del río Puyango, que separa Ecuador de Perú, donde pastan alegremente los cochinos ensuciando y contaminando las pocas fuentes de agua que existen en esta zona tan seca del país. Allí caminamos hasta una laguna donde hay caimanes, pero la superpoblación de turistas hizo que estos se escondiesen y no pudiésemos verlos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa tarde regresamos hasta Quito pasando de nuevo toda la noche en el autobús. Nos quedamos con una experiencia un poco traumática pero habiendo podido disfrutar de una zona del país muy inaccesible para los que vivimos en Quito. 

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