Serbia de Norte a Sur

Fecha: 14-28 de Septiembre de 2018

Lugar: Croacia – Serbia – Kosovo – Macedonia – Albania – Montenegro – Bosnia – Eslovenia  

 

 

Despertamos en Novi Sad, pequeña ciudad al norte de Serbia y a unos escasos 90 Kilómetros de la capital, Belgrado. En Novi Sad, paseamos primero por la zona antigua de la ciudad, donde visitamos la sinagoga y la catedral ortodoxa de San Jorge, en una bonita plaza limpia y cuidada, con acceso público a wifi y con una estupenda tranquilidad reinante en el ambiente. Quién diría que esta ciudad impoluta fue bombardeada sangrientamente en 1999 por la OTAN (matando miles de civiles) para aplacar el conflicto que se estaba desarrollando entre Serbia y Kosovo en aquella época.

               

La ciudad se caracteriza por estar ubicada a orillas del ancho río Danubio, y por tener a la otra orilla del río la Fortaleza de Petrovaradin, que fue la mayor fortificación de Europa en el siglo XVII y la fortaleza más importante del Imperio Austrohúngaro en los Balcanes. Está situada de una manera tan estratégica que quien tuviese este punto del Danubio, tenía el control aguas abajo (es el Gibraltar del Danubio). Para llegar hasta ella hay que cruzar uno de los puentes sobre el río, todos nuevos, pues tras el bombardeo del 99, los tres puentes que existían se hundieron. En la zona de fuera de la muralla existen unas casas antiguas muy peculiares con techos de teja. 

 

En el interior de la fortaleza esperábamos que se pudiese pasear por las instancias del castillo, sin embargo, está todo remodelado por dentro, ocupando las principales galerías tanto cafeterías como tiendas  y comercios de todo tipo, con unas bonitas vistas al río. Desde una de las murallas sale una torre con un reloj bastante grande que servía para indicar la hora a los barcos que llegaban. Lo curioso es que es más grande la manilla de las horas que la de los minutos. Uno de los espacios del castillo es un casino al que no entramos y otro es un museo que no tiene gran cosa, algunas explicaciones de historia del lugar, alguna armadura y trajes tradicionales, además de un museo de armamento contemporáneo o de los últimos 100 años de guerras en la región.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aprovechando el día soleado nos fuimos hasta la zona sur de la ciudad, donde una interesante playa a orillas del río, alberga un sin fin de bares, terrazas y discotecas. Nos sentamos en uno de los chiringuitos a disfrutar de una bebida fría mientras mirábamos al club de piragua de la ciudad hacer sus prácticas de remo. Fuimos muy felices ese rato.

       

     

   

Tras una hora de viaje llegamos hasta Belgrado, donde nos hospedamos en una bonita casa relativamente cerca del centro de la ciudad. Lo primero que hicimos fue ir a ver el mausoleo donde está enterrado Josip Broz “Tito”, quien fue el Jefe de Estado de Yugoslavia desde la guerra mundial hasta su muerte en 1980. Amado y odiado a partes iguales fue capaz de mantener el país unido y estable, a pesar de las diferentes etnias, religiones y culturas existentes en la región, a las que se sumaban odios y rivalidades ancestrales. En el mausoleo, además de la tumba, colocada en posición central, se exponen los miles de regalos que le hicieron los diferentes estados del mundo y fotos suyas con diferentes mandatarios del mundo. Quizás lo más interesante son los testigos de carreras de relevos que se exponen en un lateral. Resulta que cada año, y saliendo desde un lugar del país diferente, cientos de jóvenes se pasaban el testigo de mano a mano hasta llegar a las manos de Tito el día de su cumpleaños, quien lo abría y recibía un mensaje de felicidades.

           

Una vez sumergidos por un rato en la antigua Yugoslavia, paramos un momento a visitar el templo de San Sava, la iglesia ortodoxa más grande de Serbia, y emplazada en el mismo lugar donde el Imperio Otomano acabó con Sava incinerándolo. Aunque se inició su construcción en 1935 y parece acabado, aún está en obras, por lo que no se puede visitar por dentro.

         

Después comimos el plato típico (ciervo) en una de las múltiples terrazas del centro de la ciudad y subimos hasta la fortaleza de Belgrado, justo donde el río Sava desemboca en el Danubio. Allí, algunos remanentes de muralla y un inmenso parque, son el lugar preferido de recreación para las familias de la ciudad. Vimos el atardecer y volvimos a las callejuelas del centro, muy animadas por la noche con pastelerías, tiendas de artesanía y todo tipo de personas variopintas paseando. Me recordaron un poco a la calle Preciados de Madrid cuando no hay mucha gente. Desde allí, lentamente, emprendimos camino de vuelta al hotel para descansar después de un día tan completo.

               

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