Las fortalezas dálmatas: Kotor y Dubrovnik

Fecha: 14-28 de Septiembre de 2018

Lugar: Croacia – Serbia – Kosovo – Macedonia – Albania – Montenegro – Bosnia – Eslovenia

Amanecimos en Kotor y nos quedamos boquiabiertos con la bahía sobre la que está construido y las montañas que la rodean. Caminamos hasta la puerta de entrada a la zona amurallada y alucinamos porque justo en frente, entre diversas embarcaciones había un crucero gigantesco estacionado. Tan grande que uno se plantea por dónde puede entrar hasta ahí semejante monstruo.

Paseamos un rato por el casco histórico y disfrutamos de las callejuelas semi vacías debido a que era bastante pronto. Esta ciudad me resultó muy bonita y agradable para pasar un rato perdiéndose entre sus calles. Con iglesias escondidas entre sus estrechos pasajes y con ropa recién lavada secándose al relente de la mañana.

Una de las visitas obligadas de Kotor es la subida hasta el castillo, por una escalinata y rampas que van ascendiendo hasta lo alto de la montaña. Nos habían avisado de que era duro y que al menos eran 40 minutos de pendiente sin descanso. Juan y yo decidimos subir aunque muriésemos en el camino, pero Vero, que tenía bastante cansancio acumulado decidió quedarse abajo paseando un poco más por las calles, tomando un café y dedicando un poco de tiempo a visitar las tiendas sin prisas.

Poco a poco, y gota a gota de sudor, fuimos subiendo hasta el castillo por una muralla construida a lo loco y cuesta arriba en medio de la montaña. Nos resultó divertido que una serie de personajes disfrazados de época medieval motivaron a Juan para hacer una gymkana de pruebas y de aprendizaje sobre la historia de la ciudad. Esta iniciativa del municipio de Kotor y gratuita creo que es muy interesante para que la gente aprenda mientras se divierte. Aprendimos entre otras cosas que este lugar era frecuentemente asaltado por piratas o que en algún momento de la historia acuñaban su propia moneda funcionando independientemente del resto de reinos y países que les rodeaban.

Desde lo alto, además de disfrutar de las ruinas del castillo, se contempla gran parte de la bahía de Kotor, todas las casitas de la zona amurallada y un paisaje espectacular. Merece completamente la pena el esfuerzo.

Es más grande el crucero que el casco histórico…

A la bajada recogimos a Vero y nos fuimos de camino a Perast, un pequeño puebo en la bahía de Kotor con una exclusivísima jet set tomando el sol y tomando cóckteles en sus orillas. Desde allí se vislumbran dos islas con edificaciones interesantes. Las vistas son muy bonitas y el clima invita a darse un chapuzón; sin embargo no nos suscitó demasiado interés el pueblo como tal.

Desde allí nos fuimos hacia Dubrovnik, en Croacia, previa parada en un mirador en Herceg Novi, desde donde las vistas de la bahía también son un atractivo precioso. En este camino ya se empezó a notar muchísimo más la masificación de turistas; para empezar, la fila de vehículos en el paso fronterizo nos hizo estar detenidos al menos una hora, terrible (aunque había leído en foros que en Julio/Agosto pueden ser más de 3 o 4 horas de espera en estas fronteras). Una vez llegamos, encontrar el hotel entre las múltiples callejuelas amontonadas en un acantilado, y después meter el coche marcha atrás y cuesta abajo para llegar al pequeño parking que tenía frente a su puerta, fue una gran hazaña. Sin embargo, una vez estuvo el motor apagado, ver el espectáculo que teníamos frente a nuestros ojos, nos dejó sin palabras.

La vista completa del casco antiguo de la ciudad rodeado por una muralla perfectamente conservada es cautivador; sin embargo, una vez descendimos hasta la puerta de entrada y nos introdujimos en el laberíntico mundo de esta ciudad, las riadas (literal) de turistas que no miran por donde caminan y más pendientes del selfie que de lo que tienen en frente, hace aborrecer un poco esta maravilla de lugar. No obstante, paseamos toda la tarde y disfrutamos de cada uno de los rincones de este pedazo de historia que sorprendentemente sigue en pie.

Eso sí, los precios de los lugares son bastante locos, y aunque uno salga de la muralla y camine, no parece haber absolutamente ningún restaurante normal, como suele ser lo habitual cuando uno sale de las zonas turísticas de las ciudades. Todo se concentra en el centro y cuanto más te alejas menos lugares existen, muy raro. Toda la ciudad son air b&b infinitos y ningún restaurante accesible. Sufrimos bastante hasta encontrar un lugar medianamente económico donde poder cenar. Después de esto, rendidos ascendimos la pendiente hasta nuestro hotel, donde dormimos como niños.

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