En ruta de Granada a Managua

Fecha: 9 al 15 de febrero de 2023

Pisamos tierra al regreso de Ometepe, y casi la besamos, pues el oleaje fue bastante exagerado tratándose de un lago. Desde allí, casi al instante, enganchamos con un bus que nos llevó hasta la ciudad de Granada. Dentro del bus recibimos una romería de vendedores de todo tipo de alimentos y productos milagrosos; una experiencia muy centroamericana. Llegamos a la estación en Granada y nos tocó caminar un poquito hasta el centro, sorteando mercados callejeros y todo el bullicio típico de los alrededores de cualquier ciudad.

Tras haber pasado una noche en un hospedaje que dejaba bastante que desear en Moyogalpa, nos alegramos mucho al ver que nuestro hotel era una casa colonial con patios interiores y bastante espaciosa; una maravilla. Nos instalamos e inmediatamente nos lanzamos a pasear por la ciudad.

La realidad es que la vieja Granada que hace años había conocido ha sido muy restaurada. Las callejuelas y las múltiples casas de colores se encuentran, en general, bastante bien cuidadas. Además, un nuevo malecón hacia el lago ofrece paseos agradables y disfrute de paisajes preciosos. Debo reconocer que también las carreteras que nos llevaron hasta allí han mejorado mucho en estos últimos 10 años. Esta ciudad es una hermosura, llena de ofertas gastronómicas, artistas callejeros y rincones mágicos para fotografiar. Aunque se queda pequeña enseguida, la disfrutamos un montón.

A la hora del ocaso nos subimos al campanario de la Parroquia de Nuestra Señora de la Merced y disfrutamos de los colores anaranjados de la puesta del sol sobre los tejados de la ciudad. El día se acababa, pero la satisfacción de estar en este lugar con tanto encanto quedó grabada en nuestras retinas para siempre. Por la noche nos tomamos un mojito con ron flor de caña y nos sucumbió un vendedor callejero cargado de artesanías de cerámica hechas con técnicas ancestrales. Compramos varias fuentes de barro, pero acabamos sucumbiendo ante una artesanía basada en las figuras chorotegas encontradas en yacimientos de la zona. Hoy está sobre la estantería del salón de casa.

A la mañana siguiente nos embarcamos en un tour por las Isletas de Granada, un conjunto de 365 pequeñas islas fruto de una avalancha de piedra y lodo provenientes del cercano volcán Mombacho. Nos llevaron en una lancha entre las islas y recorrimos unas cuantas, apreciando los casoplones de los ricos de la zona e incluso algunas islas que son propiedad privada. En algunas de ellas hay también restaurantitos y viviendas más humildes, e incluso hay algunas islas donde han metido monos que no pueden ir a ningún lugar. La atracción es darles de comer plátanos e interactuar con estos pobres prisioneros de las islas. Es un ambiente bastante bonito y también viven bastantes aves en este mini archipiélago. Entre los atractivos se visita también el fuerte de San Pablo, que otrora protegió la ciudad de los ataques de piratas Ingleses, Franceses y Holandeses. Y, hablando de piratas, los Filibusteros de William Walker destruyeron esta ciudad casi por completo en el año 1856, escribiendo sobre sus ruinas la frase “Aquí estaba Granada”. Por suerte, la perseverancia de los nicaragüenses la volvió a levantar y hoy luce preciosa y brillante. Me habría gustado encontrar un tour completo que me contase la historia de la ciudad, pero no tuvimos esa suerte.

Al regreso del paseo por las isletas, encontramos a Néstor, un taxista muy agradable que nos ofreció hacernos un recorrido por los pueblos blancos, subir hasta el volcán Masaya y dejarnos, por último, en Managua. De esta forma nos ahorrábamos múltiples autobuses y el probable autostop de subida hasta el volcán, como me tocó sufrir la última vez que estuve allá arriba.

Nada más salir, paramos brevemente para visitar Diriomo, que destaca por su Santuario diocesano “Nuestra Señora de Candelaria”, que se festeja el 2 de febrero. Aunque ya habían sido algunos días, aún mantenían una decoración a base de frutas muy bonita en su acceso.

Posteriormente, paramos en San Juan del Oriente, que, junto a Diriomo es conocido por sus artesanos de cerámica. Aunque en el pueblo no vimos grandes atractivos arquitectónicos, en diferentes casitas se abren a la calle museos al aire libre. Allí se exponen y venden multitud de recipientes de cerámica para el uso diario, pero también figuritas decorativas que mantienen iconografías precolombinas. Hay tantas cosas preciosas que te dan ganas de hacerte con toda la tienda.

La tercera parada fue en el mirador de Catarina, desde donde se puede disfrutar de una vista estupenda de la Laguna de Apoyo rodeada de montañas verdes. Justo detrás de la laguna, se vislumbra la ciudad de Granada, a las orillas del lago Cocibilca. Con un día soleado como el que tuvimos, no daba ninguna gana de salir de allí. Podríamos habernos quedado horas contemplando tan bello paisaje.

Pero como teníamos que continuar la ruta, nos dirigimos hasta Niquinohomo, donde se encuentra la casa natal de Augusto Sandino. Durante mi visita en Semana Santa de 2011 nos encontramos la casa cerrada, pero esta vez estuvo abierta y pudimos contemplar la esquinera y tradicional casa de teja con patio interior. Allí se exponen algunos muebles originales de la época, alguna fotografía, documento y un busto del revolucionario. En general, una vivienda muy humilde, que da cuenta del tipo de vida que en ella discurría.

Por Masaya pasamos de manera breve; visitamos el parque central y su Parroquia de la Asunción, también nos dimos una vuelta por el mercado de artesanías, que ofrecía muchas de las cerámicas que habíamos visto en los pueblos que visitamos por el camino y nos dimos una breve vuelta por el malecón para contemplar la laguna que lleva el mismo nombre que la localidad y que el volcán que visitaríamos unas horas después. En una de las calles que bajan hasta el lago traté de encontrar durante un buen rato de encontrar de nuevo la famosa pulpería de Lucita, referida en una de mis canciones favoritas de Bunbury. Y aunque la otra vez lo logré porque tenía un cartel enorme que literalmente decía “Pulpería Lucita”, esta vez tuve que tirar de mis recuerdos y callejear un poco, pero finalmente la encontramos; le habían quitado el cartel, no sé si para siempre o solamente de manera temporal. El caso es que allí sigue la familia de Lucita (que ya está muy mayor) atendiendo el negocio día tras día.

Pulpería de Lucita

Finalmente, llegó el momento más esperado del día, o más bien, de la noche, porque accedimos a lo alto del Parque Nacional Volcán Masaya para contemplar el cráter y sus fumarolas de azufre. Subimos directamente hasta lo más alto que nos permitió la carretera con el coche de Néstor, que se comportó muy bien pese a la fuerte pendiente. Una vez en los miradores, lo primero que me sorprendió fue el cambio radical desde la última vez que había estado allí. Lo que era básicamente un cráter al que si te aproximabas demasiado, podías caerte, ahora es un espacio muy bien ordenado, con zonas de cemento para aproximarse sin riesgo y barandillas que impiden el riesgo. Debo reconocer que está muy bonito y mucho más seguro, pero la magia de poder caminar por el borde del cráter en un ambiente salvaje y natural se ha perdido un poco.

No obstante, el cráter sigue siendo impresionantemente grande, se puede ver desde su propio borde y sigue burbujeando magma y lanzando fumarolas enormes. Es un espectáculo que debe contemplarse al menos una vez en la vida, pues pocos volcanes activos son de tan fácil acceso. Es una maravilla de la naturaleza a la que las fotos no hacen ninguna justicia.

Pasamos allí un par de horas contemplando esta belleza de la naturaleza y posteriormente nos dirigimos a Managua, la capital más rara de América Latina, pues no tiene un centro como tal. No tiene la típica plaza de armas o parque central con su catedral y calles con trazado lineal alrededor. Se trata de un centro distribuido sin mucho ordenamiento en general, impidiendo que uno pueda hacer un “paseo por el centro”. Esto tiene un motivo, claro: el terremoto de 1972 que echó abajo el centro histórico. Sin embargo, uno de los atractivos de esta ciudad es, desde luego, el lago Xolotlán. Hace años, cientos de barracas e infraestructuras precarias constituían lo que se llamaba “el malecón”, un lugar lleno de bares, puestecitos de comida, discotecas y todo tipo de lugares de ambiente para pasar el día y la noche llenaban sus orillas. Tras una gran reforma, se ha construido una infraestructura permanente (con nombre propio: Puerto Salvador Allende) con parques, jardines, restaurantes formales, zonas infantiles y paseos con bancos para las parejas. El lugar ha quedado precioso; si me llevasen allí con los ojos tapados, nunca habría averiguado que se trata del mismo lugar por el que paseé hace 15 años.

Néstor nos dejó en casa de nuestro amigo en Managua y se despidió de nosotros muy feliz por el tour que se había sacado de la manga casi sin esperárselo. Nosotros nos dirigimos a cenar al Malecón, pero antes vagabundeamos un poco por la ciudad con el coche y nos quedamos impresionados con todas las infraestructuras luminosas que se han instalado en la ciudad; árboles de luces, monumentos a líderes revolucionarios de la izquierda varios y letreros bastante brillantes le dan un toque futurista a la ciudad. Uno siente que no pega mucho todo eso por aquí, pero no deja de ser curioso verlo.

Por la mañana se acabó lo que se daba; nos tocó subirnos al Nicabus Managua-San José y finalizar esta escapadita al país vecino.



Ruta: San Juan del Sur y playas – Isla de Ometepe – Granada e Isletas – Laguna de Apoyo – Catarina – San Juan de Oriente – Niquihomo – Masaya – Volcán Masaya – Managua

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