Madrugamos el primer día de 2019 para dirigirnos hacia Salento, pueblo base para visitar el tan famoso Valle de Cocora. Cuando llegamos, ya había algunos vehículos y personas paseando, pero el ambiente era tranquilo y se podía disfrutar. Comenzamos a caminar por la ruta circular, que llega hasta lo alto de un mirador, y desde ahí se baja por una cuesta empinadísima y no apta para cualquiera. El lugar, visualmente es muy agradable; una pradera de césped inmensa, rodeada por palmas de cera, una especie nativa del Quindío colombiano. Sin embargo, lo que significa este paisaje es deforestación del bosque nativo, donde únicamente se conservaron estas palmeras y se sembró césped para el ganado. Al menos ahora es un atractivo
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Debido a la imprudencia de no haber comprado las entradas de manera anticipada, tuvimos que correr esa mañana. Nuestro avión salía pronto por la tarde y por tanto solo teníamos unas pocas horas para visitar este fantástico lugar, escenario imperdible para cualquiera que visite el caribe colombiano. Caminando no alcanzábamos a ir y volver, por lo que tuvimos que tomar la decisión de hacer la ruta a caballo. Los pobres animales pasan el día entero yendo y viniendo, y me imagino que al final del día deben acabar rendidos. Excepto yo, ninguno había subido nunca a un caballo, y la última vez que yo lo hice, creo que tenía 19 o 20 años, por lo que tampoco me sentía muy
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Esa mañana llegaba Vero, así que nos despertamos en nuestro hotel de Santa Marta, y cuando bajamos a desayunar, todos lo hicimos con cara de perro. Esa mañana descubrimos que nuestro hotel no tenía agua caliente. Bueno, eso no es tan grave si estás durmiendo en la ciudad donde falleció Simón Bolívar, y si además puedes ir a visitar la hacienda donde pasó sus últimos días y oler un poco la historia de Latinoamérica de cerca. Nos dirigimos a la Quinta de San Pedro Alejandrino, fundada en el año 1608, donde Simón Bolívar, después de haber perdido la mayoría de sus apoyos y de ver incumplido su sueño de lograr una Latinoamérica unida, se aposentó unos días para reposar de
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La estación de autobús de Cartagena está lejos de de la Cartagena histórica y colonial. Atravesamos toda la ciudad, con un trancón (atasco) tan potente, que casi no alcanzamos a subir al autobús. Viajamos de noche hasta Santa Marta, donde pasamos la primera noche y nos despertamos temprano para retirar el coche de alquiler que teníamos reservado. Tras la sorpresa de recibir un vehículo tipo SUV en lugar de un sedán, salimos dirección Aracataca, el pueblo natal de Gabriel García Márquez, y lugar de inspiración de Macondo. El pueblo es como cualquier otro pueblo rural colombiano, ecuatoriano o peruano. Un lugar olvidado, construido en bloques de ladrillo a medio pintar, tejados de chapa, motocicletas y cables atravesados. En mitad de
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Uno de los destinos más habituales de los visitantes de Cartagena son las Islas del Rosario, un complejo de islas coralinas cercanas a la costa y de fácil acceso en barco. Por la mañana nos dirigimos al muelle turístico, desde donde salen los barcos que hacen esta ruta, y contratamos uno llamado “Lizamar”. Sin leer los comentarios de tripadvisor, nos lanzamos a la aventura con este barco (que salió con hora y media de retraso) y al que subían turistas de una forma completamente desordenada y de manera muy brusca. Ya la gente comenzó a molestarse desde ese momento, lo cual no prometía nada bueno. Después de partir, empezó a tomar una velocidad exagerada, a lo que la “tripulación” alegaba
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El viaje que comienza ocurrió entre el 25 de diciembre de 2018 y el 6 de enero de 2019. Decidimos, esta vez, pasar la noche de navidad con la familia de Vero y encontrarnos en Colombia con mis padres para dar una pequeña vuelta por el país. En esta ocasión aproveché para conocer dos zonas que aún no había podido visitar: la costa caribeña y el eje cafetero. Yo volé desde Quito, solo, porque a Vero no le dieron vacaciones hasta dos días después, para encontrarme en el aeropuerto de Bogotá con mis padres, y desde allí, juntos, volar hasta Cartagena de Indias. Llegamos bien entrada la noche, por lo que nos fuimos directos a dormir y no empezamos nuestra
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Un fin de semana cualquiera, más concretamente el del 8-9 de Diciembre de 2018, nos fuimos Vero, Mario y yo hasta el Cotopaxi. Aunque había ido varias veces a este Parque Nacional, nunca había subido caminando hasta el refugio, y mucho menos hasta los pies del glaciar. Dejamos el coche en el parquing que está a los pies del refugio y caminamos los escasos metros que lo separan de él, por una pendiente con una inclinación pronunciadísima, que sumada a la altura, hace que uno pierda el aliento y se le salga el corazón por la boca. Una vez en el refugio, nos tomamos un mate de coca y cogimos fuerzas para caminar los 20 minutos que separan a este
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A Buenos Aires siempre se vuelve. Esta ciudad me encanta, fue donde puse el pie por primera vez en Latinoamérica y la llevo en el corazón para siempre. Una ciudad inmensa que me recuerda a un Madrid extendido y que siempre me pide volver. Podría pasar días, meses y años paseando por sus miles de calles, disfrutando en sus cafeterías y contemplando cada detalle en sus fachadas. Llegué en el buquebus desde Colonia, y Andrea, muy amablemente, me hospedó en su casa. Por la mañana (solo tuve un día para pasear) me dirigí al centro y paseé por la avenida Corrientes, la 9 de Julio y Santa Fé. Estuve paseando también por las calles aledañas al teatro Colón hasta que
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Amanecí temprano en Colonia, a propósito, pues imaginaba que la zona antigua de esta ciudad estaría repleta de visitantes. La ventaja de estar paseando por uno de estos lugares a las 7 de la mañana es que puedes tomar las fotografías de los lugares más importantes sin que haya cientos de personas dañándola. El casco histórico de Colonia, declarado patrimonio de la humanidad en el año 1995 se caracteriza por fusionar de una manera armónica los estilos portugués, español y post-colonial. Fue una asentamiento fundado por los portugueses en 1680, y que a lo largo de los años fue conquistado por España y devuelto a los portugueses en diversas ocasiones, hasta la definitiva posesión española en 1777. A orillas del
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Se me fue de las manos. Las distancias parecen más cortas en los mapas, y en Sudamérica, son aún más grandes de lo que parecen. Recorrí en autobús unos 1300 km desde Foz de Iguaçu hasta Rio Branco (UR), pasando por Porto Alegre. Llegué al pueblo de Jaguarão, donde pude cruzar la frontera hasta Uruguay sin mucho problema; (ambas migraciones estaban abiertas) y me sellaron el pasaporte muy rápidamente. Tras averiguar un rato en Rio Branco, me indicaron que había un autobús que salía sobre las 23:00 en dirección Montevideo. Así que compré un pasaje, les pedí que me guardasen la mochila y paseé un poco por esta tranquila ciudad fronteriza. Aproveché para cenar y descubrir los precios elevados que
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